
ARGUJILLO Primer relato:
EL OTOÑO
CAPÍTULO 1
EL PRINCIPIO
Te recuerdo en blanco y negro. Terminada la
vendimia, cuando el “áspero” viento
se lleva los últimos amarillos y dorados de los campos, trayendo
al ponerse el sol aquellos nubarrones de octubre. Las grandes bandadas
de pájaros desplazándose en forma de “V”,
cambiante a “W” doble, incluso triple, que hacían
al niño imaginar que esa sería la forma de las grandes
cordilleras y sus montañas. Éstos muy altos, allí por
donde tras las nubes se podría alcanzar el cielo, viajaban
para esquivar las crudas heladas a otras tierras muy lejanas
donde la primavera era perpetua.
- ¿Cómo serían
estas tierras? ¡Que suerte ser pájaro!, para poder
descubrir esos paraísos
Otros volaban mas bajo apelotonados, cambiando
de forma y dirección
como un inmenso grupo de danza, buscaban cobijo inmediato para pasar
la noche que ya rápido refrescaba.
Los días acortándose con rapidez conducían
inexorablemente hacia la oscuridad del invierno y, sin embargo
empezaba todo: La sementera, el nuevo vino, la caza, la escuela, ¡otra vez la escuela!.

Allí en el púlpito de la escalera se podían divisar
las siluetas de los maestros, los mismos gestos, los mismos modos,
conversaban Dña. Crescencia y D. Victoriano, Dña. Aurelia
y D. Angel mientras los rapaces y rapazas se incorporaban lentamente
a aquellos pupitres con sus tinteros aún vacíos. A renglón
seguido el maestro cómo todos los años, mandaba
a los mismos “alumnos de confianza” a cortar aquellas varas
educativas, que luego no tenía inconveniente en “estrenar” con
ellos para probarlas….
Aún tengo metido el olor de aquella leche en polvo de Mr Marshal,
que se guardaba en el cuarto del fondo del pasillo de las nuevas escuelas,
no sabía a leche puaggg, pero desde luego
olía
a ella; cuando por indicación del maestro los lecheros de
turno subían de la fuente la gran “pota” llena de
agua, para posarla sobre la esbelta estufa de fundición cilíndrica
que se erguía en el centro del aula, después de medir
y vaciar sobre ella el preciado polvo, daban vueltas con la enorme
cuchara de madera (similar a la de las mantecas). Cuando ya humeaba
y la mayoría de los”grumos” se habían deshecho,
pasábamos en orden todos con nuestro vaso, para sin pensarlo
mucho, vaciar el líquido en el gaznate
- Seguramente algún centímetro de la estatura de nuestro
cuerpo se lo debemos a la misma, ¡Qué cosas!, ¡Quién
lo diría!.
Los recreos eran lo mejor, había que “coger
el trinquete” lanzando
la pelota, la primera en botar dentro del cemento daba derecho
a su dueño y amigos a jugar el partido mientras duraba el mismo.
También se jugaba al “arroz”, el bote, a quemar,
la comba (esta última con una gran soga si
era para los niños), que aunque las escuelas se llamaban
mixtas, los niños en sus aulas, las niñas en las
suyas y los recreos cada “género” por su lado. ¡Juntos
pero nunca revueltos!
Luego al regresar al aula,
-¡cuidado con la altura de la cabeza
al leer!.
La medida era la regla de D. “Vitoriano”, su
longitud era la altura mínima de la posición de la cabeza
respecto al pupitre, (pura geometría…) que por supuesto
era corregida automáticamente con un toque “sutil” del
maestro, con el perfil de la madera sobre el cuero cabelludo del incauto
muchacho, que por su constitución: Cabeza grande, despistado,
mal posicionamiento en la silla y/o “modorra pasajera”,
osaba bajar su “testa” por bajo de los límites
establecidos.
Hay un entrañable compañero de la época, que conocía
ese “toque como nadie”, sin duda recordará el sonido
y el dolor que producía la medida correctora. A pesar
de los “esfuerzos
del educador”, estoy seguro que el amigo sigue escribiendo
con su cabeza acostada sobre su brazo izquierdo...
Los nubarrones se tornaban plomo,
con tintes rojizos, naranjas, malvas, cenizas, cual “lumbre” que se extingue rápido hacia
poniente, cuando llegaba noviembre. El aire venía “de
Burgos” que daba ese color rojo a las caras y esa textura áspera
a la piel.
Las mujeres iban y venían al cementerio con zuelas,
cirios, cacharros con agua y flores. Todas adecentaban las
tumbas de sus seres queridos para la fiesta de los difuntos.
En algunas cuadras se preparaban los animales “cebados” desde
Santa Cruz allá por mayo en los prados para llevar a Fuentesaúco
a los Santos. Era la feria más importante de
la comarca y a ella acudían todos, los vendedores, los compradores
y los curiosos, un verdadero acontecimiento.
Se salía pronto en burro o andando, por la mañana, algunos
iban el día antes y hacían noche en casa de algún
familiar y los menos en posada, que no estaban los tiempos como para “tirar” el
dinero en hostelería. En todos los casos veías salir
las “retahílas” de burros con las alforjas llenas
de comida en un lado y la garrafa con vino (algo dulzón por
nuevo) en otro, con extraños jinetes (a veces a pares), tapados
con la manta, otros, los más fuertes a pie y todos en alegre
charla. Entre cuentos, chismes y anécdotas, se
iba haciendo el camino, hasta llegar a las monjas donde
se dispersaban a sus posadas y los más hasta el
ferial.
Que “gentío”, que ambiente, por un lado los burros
y mulas, por allí andaba Tomás, Antonio “el gitano
de Argujillo” y los grupos de “chalanes”, Se daba
también una vuelta el Señor Manolo el cortador que
iba y venía, ahora entre las acémilas, luego en el lado
de las vacas, donde se podía ver a su hermano
Pepe y “Canorín” de
Avedillo, _ me gustaba observar “el trato”
¿Cuanto cuesta el burro?
- 2000 pesetas
- ¡Ni que fuera la jaca de Peralta! Este
hombre no quiere vender
- ¿Cuánto ofrece usted?
- ¡1500! Y porque quiero marcharme pronto.
- Ya hombre y quiere que se la regale. ¿pero usted se ha fijado
en el animal? ¿ha visto sus patas?, No anda
vuela...
- Nada, nada, 1500.es mi última palabra
Pues vaya usted con Dios
- Si, si, adiós
- ¡Chachooo! ven acá, terciaba un
compadre. Venga hombre entenderos, echarlo al medio.
- Venga hombre daros la mano
Y cogía la mano de vendedor y comprador las
unía y decía, "ala venga,
1750
y echar
el buen provecho..."
Y así se pasaba la mañana.
Te encontrabas con mucha gente conocida,
corrillos de paisanos alrededor y escuchando a aquellos hombres
mayores sabios y expertos en el arte de comprar. A veces
algún amigo cuidando algún animal
que llevaron para vender, o con cara de ilusión y orgulloso,
al cuidar a la bestia recién adquirida por su padre. Era frecuente
ver ordeñar alguna vaca para demostrar “lo buena que era”,
a otras le brotaban espontáneamente de sus pezones los hilillos
de leche que se le salía “de puro blanda”. En alguna
ocasión el niño observó al vendedor tumbado bajo
el vientre de su “lechera” diciéndole
al posible comprador.
- Ven acá, túmbate aquí y
comprueba si has visto unas ubres mas bonitas en tu vida que las
que tiene la guapa.
En la zona de cuadrúpedos fundamentalmente y alrededores se
podían ver los grupos de gitanos con sus sombreros, bigotitos
y su característica forma de hablar, las gitanas y
sus vestidos largos y oscuros, los gitanillos jugando y pendientes
de todo
Como en toda feria se aprovechaba para comprar y vender aquello
que hacía falta o sobraba para pasar el año.
Era un momento extraordinario cuando llegaba la hora de sentarse
en el suelo alrededor de la cesta familiares y amigos para
llevarse a la boca los ricos guisos, embutidos y buenos vinos,
traídos
para la ocasión. Luego, bajabas al pueblo por aquellas calles
llenas de gente hacia la plaza mayor con sus soportales de madera apoyados
en columnas de piedra. Había visita obligada a las ferreterías
para comprar una azada, cabezada, cadenas y la piedra “lipiz” para
la sementera.
Cuando caía la tarde salían las gentes tapadas con las
mantas en sus burros. Los niños acurrucados delante de su padre
o hermano mayor buscaban la última avellana en el fondo de la
bolsita que le compraron al pasar por los “tenderetes”.
Con el calorcito, la “barriga” llena y el arrullo que supone
el movimiento producido por los andares rítmicos formados por
pasos cortos y rápidos del buen asno, invitan a dormir y soñar
con lugares lejanos y fantásticos, donde hay mucha
gente, muchas cosas que comprar, vender y ver…
- ¡Oye!,
que andadora es esta burra que me he comprado
- Si parece ¡como si conociera el camino!
Y escuchabas de nuevo la repetida historia
del Argujillano que regresó de
un ”12” en Zamora con la misma acémila vendida y
comprada por su dueño sin reconocerla después del ”retoque” de
tijera, limpieza de ojos y aseo en general a cargo de los hábiles Chalanes.
Solamente cuando la burra adivinó la puerta
de su corral, el buen paisano tubo la ligera sospecha del
engaño.
Menos relajados regresaban los que llevaban, bovinos, Podías
observar como las amarraban con yugo. Una vaca domada con un novillo
nuevo queriéndose escapar, dos novillos corriendo por las tierras
con su yugo y el dueño tratando de regresarlas al
camino.
- Cagüen tal… Sujétalas, que
salimos este año
en las relaciones...
Tenía menos problemas Tomás con su “retahíla” de
burros atados unos a otros, la cuerda del último a
la cola del anterior y todos en fila india y a buen ritmo.
Se hacía una parada en el molino “Gallego” en el
cual había un avellano con frutos en esta fecha, por supuesto
no tan ricos como los de la bolsa, pero que a mi me llamaba poderosamente
la atención, por ser muy raro este árbol…El único
que yo conocía por estos “lares”.
Cuando te querías dar cuenta estabas en el teso la Cruz.
A la vista, el impresionismo puro, un bodegón fantástico
de colores que forma la postura del sol en simbiosis con las nubes.
Era la mismísima creación en la mente del niño;
cuando bajabas la vista y la realidad te posaba en la tierra
divisabas el palomar, no veías a Argujillo, pero sabías
que estabas en casa, no hacías la curva de la cuesta actual,
tirabas recto, por el camino que rasgaba el teso y se unía al
de “valdelobos” para bajar recto al cementerio nuevo. Solo
al doblar a la izquierda al pasar delante de sus puertas de hierro,
divisabas la torre y las primeras casas. Entrabas por las bodegas,
a la derecha la tapia caída del viejo cementerio, con sus pesadas
cruces de hierro fundido, unas en pie, con iniciales que pretendían
no olvidar su pasado, otras en el suelo y sin ninguna identidad.
-¡Sería un buen negocio su venta, al menos las que no
tienen nombre, pensaba el soñoliento niño…!.
Cuando te bajabas de la bestia, apenas podías dar un paso del
dolor y agarrotamiento de las piernas, retirabas alforjas y manta,
notabas el vapor que desprendía el sudor del animal
al levantar el
apero.
- Hay que ir a buscar
paja. Oías
decir a tu padre
- Cagüen
siempre me toca a mí.
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CAPÍTULO 3
LA SEMENTERA, LAS TARDES Y EL
ZAGALEO. |
Las pellizas y sobre todo la pana oscura
hacían definitivamente
su aparición, Las tardes ya no eran tardes… Venían
de la arada pronto los labradores sentados sobre las mulas, siempre
silbando, no sin alguna “mojadura” pues ya era tiempo
de chubascos y granizadas frías, que hacían imprescindible
llevar la manta, no solo para el “gañán”,
si no también para las mulas, que pudieran enfriarse al impactar
el viento frío sobre el sudor de la jornada...
Después de “desenganchar”, ya solo restaba echarle
al “ganao” para terminar merendando en
la bodega, atestar los cubetos, el mosto ya aclarea y se
puede premiar con una buena pinta al resecado gaznate.
Las tardes en la escuela transcurrían monótonas, contando
las “chinas”. Había 100 y con decir 99, 98, 101
era más que suficiente para salir airosamente del
trance. Mientras tanto el maestro tomaba lecciones de lectura
a los alumnos con “peores
entendederas”,. ¿Quién que haya estado allí no
recuerda aquel lastimoso gimoteo?, maa, mee, moo ¡ay, ay ¡maaa,
meee, miii, mooo, muuu!. Desde luego era lo peor que a un muchacho
le podía ocurrir, no saberse las letras…Era para los
demás toda una suerte el poder contemplar la escena desde la
atalaya de los números:
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- 36, 37, 38,
- ¡jooo, cómo le sacude, frío desde luego
no pasa!
Oías comentar entre diente
- al menos en el cogote!
Contestabas con un hilo de voz.
- ¡cuenta y calla! no venga para acá y entremos
en
el reparto.
- 49, 51, 60, _,
- ¡ya está hay 99….!
–Bien vuélvelas a contar.
- 1, 2, 3, 4, 13, 14, 27….
- Maaa, mee, mii….
Llegaban las cinco y el griterío se disipaba poco a poco por
las calles. Era una visita rápida a casa para dejar los “bártulos” y
de nuevo regresar. Los muchachos aún con las manos impregnadas
del olor a naranja de la merienda, jugábamos a la pelota, (¿Rule?)
que calentaba las manos y el cuerpo, algunos mas que el de
otros, pues no en vano al que perdía el tanto, se
le zurraba en la espalda, eso si, con la “mano abierta” hasta que conseguía
poner la pelota de nuevo en juego.
Cuando desde el frontón se divisaba la silueta del “coche
línea” que aparecía por “la cuesta”,
con Lorenzo al volante, el pelo “pincho”, su chaquetilla
azul y peto a juego, inalterable en el tiempo y en el semblante. Dejábamos
la pelota corríamos hasta la cuneta y esperábamos para
a su paso colgarnos de la escalerilla, el viaje duraba desde el salón
hasta la plaza.
Con el camión de Rufino y los de “Colino “(que llevaban
el trigo de la panera), completaban el parque automovilístico
pesado que por Argujillo transitaba.
-El coche de líineeea gritábamos.
-El camión de Rufiiinooo.
Eran los gritos de guerra que hacía salir corriendo a la muchachada,
para subidos, o corriendo tras el vehículo, ver las
novedades que llegaban de la Capital y por supuesto en mi
caso a recoger el correo.
Bajaba fulanito con una azada de “alumbrar” nueva,
un par de piedras de sal para el ganado y un bozal, Menganito
con una zuela, un
par de “cabezadas”, unas cuerdas, una olla, unas tripas
secas con su olor característico y un cuchillo (pronto es tiempo
de mondongo), citanito con una guadaña sin mango, eso si, todo
envuelto en aquel papel de estraza nuevo. Venían contentos y
se despedían alegres de los compañeros de viaje,
con los que compartieron unos pinchos en El lobo y/o unas perdices
en el Tiberio.
- Bueno señores, hasta otro día…
- Como te ha cogido el aire de la capita
Oías decir a alguién que pasaba por la plaza, dirigiéndose
a un viajero
- Siiii…
- Anda que no es grande, ¡tarde la gastas! Le gritaba
otro al de la azada…
Luego arrancaba Lorenzo, corríamos otra vez hasta el pozo L´ermita “colgados
de la escalerilla”.
- ¡Qué bien olía el humo negro que echaba
el Barreiros!,
Nunca entendí que a mi madre no le gustara.
-Que mal huele, que zorreira
Decía la mujer…A mi me encantaba.
Luego, mas tarde, llegando el oscurecer,
jugábamos
al “zagaleo” por todo el pueblo, ahora
que en las bodegas empezaban a desaparecer el “Vaho”.
¡zagaleeoooo!, ¡zagaleeoooo!
Gritábamos todos, era la señal
para los que se “quedaban” pudieran
empezar a buscar. Era un juego divertido para todos menos para los
que buscaban, y lo peor, si una vez encontrados,
cantaban algún nombre equivocado o nombraban entre todos a mas de tres, ¡otra
vez a repetir…!, se necesitaba una vez “localizado
el nial” en la oscuridad, una dosis de estrategia,
paciencia, conocimiento de las personas y coordinación
del equipo para no meter la pata…
_Alguna historia hay para contar con el zagaleo.
Yo recuerdo varias, pero me limitaré a contar dos que se desarrollaron
en circunstancias muy parecidas y, estoy seguro que aquellos compañeros
de juegos y fatigas.., que también estuvieron en el lugar de
los hechos, les pasará como a mí, nunca se le olvidarán.
Estando un día el grupo de escondidos,
en el fondo del cañón de la bodega de la fábrica amontonados
sobre la puerta, de pronto ésta se abrió, cayendo todos
rodando hacia dentro, pero ahí no acabó la historia,
ya que ante la confusión, griterío y el correspondiente
susto, alguien empieza a repartir “chaquetazos” con tal ímpetu
y saña que el susto se convierte en pánico, pues nadie
sabía lo que ocurría salvo el molino alado furioso que
repartía los mamporrazos. La salida hacia arriba fue apoteósica
todos a “cuatro patas” como conejos huyendo de
la madriguera, chillando y saltando o pasándole directamente
por encima a aquellos que cayeran delante, lo importante
era salir del alcance del monstruo de la chaqueta…
Doy fe que el arma era una chaqueta, pues en la desordenada
huida hacia arriba, noté como del pesado látigo textil, después
de ceñirse a mi cabeza, impactó al final en mi ojo algo
sólido unido a él del tamaño como de una alubia
(el botón), el cual me produjo un intenso dolor y la gran suerte
de no perder el órgano, aunque si la vista durante unos días,
debido a la hinchazón y gran hemorragia interna producida. Era
lo que vulgarmente se decía tener un ojo a “la Virulé.”
Cuando llegué a casa en semejante estado, expliqué como
casualmente me di un golpe con un palo jugando a los toros en la alameda
de Mateo. Siendo por tanto esta la explicación oficial y causa
de la hinchazón, derrame y cierre del lastimado párpado
- Un día os vais a sacar un ojo jugando
con esos palos a los toros, “osus” que muchachos, más
vale que hubieras ido a buscar la paja…
- Por tal mentira, te pido perdón
madre...
También confieso, que supimos quién era el de la chaqueta.
Para él seguramente, solo fue una forma de asustar a los chavales
y divertirse un poco….
Otro día en la misma zona de bodegas (Portugal) pero mas arriba..,
estando en una situación similar en un cañón no
tan profundo, alguien abrió la puerta y repitiéndose
la escena anterior empezó a sacudir zurriagazos,
esta vez el arma era una pala, el agresor tuvo la “bondad” de
golpear con la parte plana…que si no, ¡nos descuartiza!.
Por tal detalle le estaremos eternamente agradecidos, sobre todo Luismi
que era uno de los que más impactos recibía y suplicaba
llamando al “empalador” por su nombre (fulaniiitooo, paara,
para que nos matas, paaaraa…no me pegues mas, paaaraa)
Nota:
No hubo heridos graves.
- Zagaleeoo, zagaleeoo.
Se escuchaba ya muy tarde, quizás los buscadores ya habían
abandonado y estaban en su casa cenando tan ricamente….
- Bueno estos se han marchado, mañana se “quedan los
mismos” ¡vale!
- ¡vale! ¡vale!
Salíamos todos corriendo sin despedirnos, como alma que lleva
el diablo, en la noche fría; dejando un rastro de vaho que salía
de las bocas para desvanecerse sobre el “áurea” de
luz de las “tintineantes” y tenues bombillas.

Y ya está aquí diciembre, con sus nieblas, ahora es
el gris y el blanco quién envuelve el ambiente.
Hace frío, la tierra se pone “dura” con los hielos
que penetran y desgarran sus entrañas. Aunque parezca brutal
para los campos y su naturaleza, cuando por fin suban los termómetros,
propiciará que aquellos esponjen, se oxigenen y de esta forma
beneficiara y contribuirá eficazmente en labores y
cosechas venideras.
Los vinos se aclaran definitivamente. Si persisten las heladas suaves
facilitará la curación de los chorizos,
que si nacen con lluvia, hará que “lloren” pronto y si luego
el tiempo asienta, tornándose en suave frío, tomarán
el color blanco del moho seco, dando como resultado unos
embutidos excelentes.
Todo parece dormir, apetece guarecerse, solo las quincetas y
algún tordo parecen desafiar a la naturaleza con su
presencia en los prados. Por las calles la “pajarita de las nieves” con
sus graciosos saltitos, pequeños vuelos y el movimiento rítmico
de su cola, anuncia que es la verdadera reina del invierno.
Mientras tanto los”pardales” han tomado
tenadas y corrales. Se muestran redondos presumiendo de abrigo entre: gallinas,
conejos, su cebada y su trigo.
Las labores se limitan a buscar paja para echarle al ganao y
como mucho sacar el estiércol, limpiar corrales y,
mucha bodega...
Pero esta es la siguente
historia.
EL INVIERNO.